POR JUAN CRUZ TRIFFOLIO
Hay lugares que no se caminan con los pies, sino con el alma.
El Malecón capitaleño es uno de esos genuinos ejemplos.
Imponente y espacioso, se abre como un paseo encantador donde Santo Domingo respira y olvida la prisa.
Eres una invitación que llama sin palabras.
Una voz de sal que dice: ven, y deja que el abrazo efusivo con las olas del Caribe te recuerde que estás vivo.
Mar fascinante, el tuyo no golpea: acaricia, insiste, seduce.
Rompe contra los arrecifes y se transforma en rocío, en esa humedad de tu incesante oleaje refrescante que moja el rostro y enciende la memoria.
Tu arboleda envidiable dibuja túneles de sombra sobre el asfalto.
Bajo cada cocotero hay una historia, una risa, una despedida que no se fue del todo.














