POR DAGOBERTO TEJEDA ORTIZ
Las poblaciones originales constituían un enclave por las distancias y por las indigencias de los medios de transportes existentes en estas comunidades.
Prevalecía el aislamiento, lo que hacía que las comunidades se volcadas sobre sí mismo y la unidad estaba en los valores, la religión y en las manifestaciones artísticas-culturales.
Para las élites gobernantes colonialistas y los intelectuales a su servicio, la cultura implicaba el dominio del alfabeto, de tal manera que el pueblo no hacía cultura por su ausencia, prevaleciendo una actitud despectiva, lo que implicaba, que estas manifestaciones no se registraban, predominando una historia oral, que variaba y era transformada por las generaciones, encontrándose diversas versiones, donde cada una consideraba que la suya era la verdadera.
Por otro lado, existe una historia oficial que reproduce la visión de los grupos se difunde a todos los niveles y es enseñada en todas las instancias del sistema social, la cual es en gran parte falseada, distante de la historia real y en la mayoría de las veces, es “una historia al revés”.
La Cofradía del Espíritu Santo con los Congos de Villa Mella, fueron incluidos en el listado mundial de los patrimonios orales e intangibles de la UNESCO en el 2001, hace 25 años, pero no escapan a estas realidades históricas y antropológicas, las cuales se han reproducido como verdades sagradas e infalibles por diversos pontífices e investigadores neocolonizados.
Para conocer y saber la verdad, hay que apelar al análisis del desarrollo histórico y antropológico de la sociedad dominicana, porque lo que prevalece son versiones particulares, aún en las investigaciones más trascendentes como las de Aída Cartagena P. y Carlos Hernández.














