POR JHONNY TRINIDAD
Hace 30 años, emigrar era un paréntesis. Se iba uno “a hacer algo” y el plan, casi sagrado, era volver. Con una casa de dos niveles, un carrito y unos dólares para poner un colmadón. El retorno era la meta. Hoy esa meta se borró. “Ya nadie piensa en retornar a República Dominicana”. Y no es falta de amor: es que la cuenta dejó de dar.
Somos 2.8 millones fuera y 11 millones dentro. La diáspora no es un accidente: es nuestra mayor industria. Envía más de US$10,000 millones al año, sostiene al peso y paga universidades, medicinas y blocks. Pero una industria tan exitosa tiene un efecto perverso: el país se acostumbra a vivir de los que se fueron. Y los que se fueron se acostumbran a no volver.
VOLVER ES DESCENDER DE CLASE
El dominicano en Lawrence gana US$4,200 al mes trabajando construcción. Paga US$1,600 de renta, manda US$400 y vive. Ese mismo hombre en Santiago ganaría RD$45,000 como maestro de obra, si encuentra. Pagaría RD$25,000 de alquiler, RD$18,000 de colegio y RD$15,000 de gasolina. Volver es quebrar. Y la gente no emigra para quebrar dos veces.
No son solo los sueldos. Es el tapón de tres horas para cruzar la ciudad. Es el inversor que se prende a las 7:00 de la noche. Es la cita en el pasaporte que te dan para dentro de seis meses. Es saber que si te chocan, el Amet llega, pero la justicia no. Quien prueba 10 años de acera limpia, luz 24/7 y policía que responde, no cambia eso por nostalgia. La patria no se come.
ROMPIMOS EL RELEVO GENERACIONAL














