Haití debe resolver su propia crisis. EE.UU. recuerda que ha invertido millones sin resultados y descarta una intervención militar contra las pandillas
Arrastrando la «Z», como quien aprendió el español bajo una marcada influencia española, la embajadora de Estados Unidos, Leah Francis Campos, habló con una franqueza poco habitual entre los diplomáticos. Con piernas cruzadas, moviendo las manos, mirando las cámaras, su tono pausado reforzó un mensaje sobre Haití tan claro como inquietante.
No reveló ningún secreto. Confirmó, desde la voz de la principal potencia mundial, lo que muchos se negaban a aceptar: Estados Unidos no tiene intención de encabezar una intervención militar para pacificar Haití.
Cuando terminé de ver la entrevista concedida a CDN, comprendí que la crisis haitiana es más profunda de lo que imaginábamos. Y, aunque suene a sarcasmo, pensé que quizá sea tiempo de buscar una academia para aprender creole. No se trata de una exageración. Es la consecuencia lógica de una realidad geográfica que nadie puede cambiar. Mientras Haití siga hundido en la violencia, el hambre y la ausencia de un Estado funcional, el flujo de personas hacia la República Dominicana continuará creciendo.
La embajadora no dejó espacio para interpretaciones. Reconoció que Estados Unidos y la comunidad internacional han destinado enormes recursos económicos para ayudar a Haití durante décadas, pero admitió, con evidente frustración, que los resultados han sido nulos.
Tampoco ocultó otro hecho incómodo: la corrupción ha devorado buena parte de esos esfuerzos. No señala culpables con nombres y apellidos, porque una embajadora no puede hacerlo a la ligera. Pero el mensaje fue claro para quien quisiera entenderlo.
La frase que más me preocupó fue otra. Dijo, en esencia, que los haitianos tendrán que resolver sus propios problemas. Que la comunidad internacional podrá acompañarlos, sí, pero sólo hasta cierto punto. Es decir, el mundo no piensa cargar indefinidamente con Haití.
La embajadora recordó el viejo proverbio: no basta con regalar el pescado; hay que enseñar a pescar.
El problema es que, mientras gran parte de la dirigencia haitiana siga atrapada entre la corrupción, la improvisación y la incapacidad para construir instituciones sólidas, la presión continuará desplazándose hacia el único país con el que comparte frontera terrestre: la República Dominicana.
Nos guste o no, la historia, la geografía y la realidad nos obligan a mirar hacia Haití todos los días.
Por eso digo que quizá debamos empezar a aprender creole. Los haitianos hacen el esfuerzo por aprender español para desenvolverse en nuestro país. Nosotros, en cambio, desconocemos casi por completo su idioma.
Ojalá esta reflexión resulte exagerada y Haití encuentre el camino hacia la estabilidad. Pero, si la realidad sigue siendo la descrita por la embajadora de Estados Unidos, el mayor desafío de la República Dominicana en las próximas décadas no será económico ni político, sino demográfico.
Y ojalá nunca tengamos que confirmar las advertencias que, durante años, formularon Joaquín Balaguer y Euclides Gutiérrez Félix, quienes sostenían que la inacción de la comunidad internacional frente a la crisis haitiana respondía, de manera deliberada o solapada, al propósito de propiciar una integración de hecho entre Haití y la República Dominicana.