POR ROBERTO VERAS
SANTO DOMINGO, RD.- Durante los últimos años de su vida, el dictador Rafael Leónidas Trujillo enfrentó diversos problemas de salud que fueron manejados con absoluto hermetismo. Entre los relatos más conocidos figura el de una grave infección en el cuello, que muchos atribuyen a un caso de ántrax, enfermedad asociada con animales de crianza y que, según diversas versiones históricas, habría contraído debido a su estrecho contacto con vacas y caballos, una de sus grandes aficiones.
Trujillo era un apasionado de la ganadería y de la crianza de caballos de alta calidad. En sus propiedades mantenía importantes hatos ganaderos y establos, dedicando tiempo y recursos a mejorar las razas de los animales. Esa cercanía permanente con el ganado dio origen a la creencia de que la infección pudo haber sido de origen bovino, aunque existen distintas interpretaciones sobre el diagnóstico médico.
La gravedad de la lesión obligaba a practicar una delicada intervención quirúrgica. En aquella época se afirmaba que los especialistas con mayor experiencia para tratar este tipo de casos se encontraban en Cuba o en los Estados Unidos. Sin embargo, Trujillo rechazaba la posibilidad de viajar a cualquiera de esos países, tanto por razones políticas como por su propia determinación de no abandonar el territorio dominicano.
Los médicos de confianza del régimen enfrentaban una situación extremadamente difícil. Operar al hombre más poderoso del país implicaba un enorme riesgo profesional y personal. Si el procedimiento fracasaba y el dictador fallecía, las consecuencias para el cirujano y su familia podían ser impredecibles.














