POR JHONNY TRINIDAD
Hay siete curules que viven en un limbo. Están en la Constitución, están en la boleta, cobran del presupuesto dominicano, pero no terminan de estar en la vida real de la gente que dicen representar.
Son los siete diputados de ultramar. Tres por Estados Unidos, dos por Europa, dos por Centroamérica y el Caribe.
Cada cuatro años se hace el mismo ritual: caravanas en El Bronx, mítines en Lawrence, promesas en Madrid, abrazos en San Martín. Se habla de la diáspora, de su sacrificio, de las remesas que sostienen al país. Se llora con el himno en un restaurante de Queens. Y después, el silencio.
Pasadas las elecciones, ¿dónde están los siete?
La pregunta incómoda no es si trabajan o no. Es más profunda: ¿Para qué sirven?
Vamos a los datos que duelen. En las últimas tres legislaturas, la mayoría de los proyectos sometidos por diputados de ultramar son préstamos de proyectos nacionales, resoluciones de reconocimiento a personalidades de la diáspora y solicitudes de operativos de cedulación. Nada que transforme estructuralmente la vida del dominicano en el exterior.













