Por JHONNY TRINIDAD
Hay una regla no escrita en la política dominicana que todos los presidentes aprenden el primer día: en Santo Domingo el poder se negocia. En Nueva York el poder se enfrenta.
Luis Abinader está de nuevo en Manhattan. En la carpeta dice 81º período de la Asamblea General de la ONU. En la práctica, es la semana más importante del año para sacarse fotos de estadista. Y como todos los años, el ritual se repite con precisión quirúrgica: el presidente llega, el canciller habla, y detrás baja una escalerilla llena de periodistas traídos desde República Dominicana, con cámara, trípode y preguntas ya masticadas.
A tres paradas del tren, en el mismo Bronx donde entregó el pasaporte electrónico como si fuera una dádiva, hay decenas de periodistas dominicanos que llevan 20 y 30 años informando a la diáspora. Que transmiten desde una cabina en Fordham, desde un estudio en Washington Heights, desde un celular en un parqueo de Lawrence. Esos no fueron invitados a cubrir. Fueron invitados a escuchar 15 minutos en una esquina, para la foto del INDEX.
La pregunta que flota en cada bodega es la misma: si aquí sobran periodistas, ¿por qué los traen de allá? ¿Nos temen o simplemente no nos respetan?
La respuesta es más dura que las dos opciones: nos desconfían porque nos temen.














