Por Roberto Veras
SANTO DOMINGO, RD.- Cuando evocamos la historia de Quisqueya, surge en nuestra memoria el recuerdo de los taínos, un pueblo que no solo habitó estas tierras, sino que las amó y las moldeó con sabiduría ancestral.
Provenientes del gran tronco arahuaco, los taínos se convirtieron en la etnia más numerosa y culturalmente desarrollada del Caribe insular, dejando una huella profunda que aún hoy resuena en nuestra identidad.
Fue aproximadamente a partir del siglo VIII cuando este pueblo comenzó a establecerse en las Antillas Mayores, eligiendo como su gran centro la isla que en su momento fue llamada La Española, o como ellos la nombraron con ternura y pertenencia: Quisqueya, “Madre de todas las tierras”.
Desde allí, su presencia se expandió también hacia Borinkén (Puerto Rico) y el oriente de Cuba, tejiendo redes culturales y familiares que trascendieron las fronteras insulares.
Los taínos desarrollaron una cultura rica y compleja. Sus comunidades estaban organizadas en cacicazgos, bajo el liderazgo de caciques que no solo gobernaban, sino que también eran guardianes de la armonía social y espiritual.
Vivían de la agricultura, cultivando yuca, maíz y batata; de la pesca en los ríos y mares generosos; y de la caza menor. Su vida cotidiana estaba profundamente ligada a la naturaleza, a la que rendían respeto y devoción a través de ceremonias y rituales en los que los cemíes representaciones sagradas de sus dioses y espíritus ancestrales jugaban un papel central.
Quisqueya, en particular, floreció como el corazón de la civilización taína, un espacio donde se construyeron yucayeques (aldeas) prósperas, donde resonaban los areítos cantos y danzas colectivas y donde el batú, más que un simple juego, se convertía en una expresión de identidad comunitaria.
Reflexionar sobre los taínos no es solo un ejercicio histórico, sino también un acto de justicia. Es recordar que antes de la llegada de los europeos existía en estas islas una sociedad organizada, pacífica y profundamente conectada con su entorno.
Es reconocer que su legado vive en nuestras palabras, en nuestros rostros, en costumbres que aún perviven y en el espíritu de los pueblos caribeños.
Honrar a los taínos de Quisqueya es, en última instancia, honrarnos a nosotros mismos: un pueblo que, a pesar del tiempo y las adversidades, sigue llevando en la sangre la memoria de aquellos que primero llamaron hogar a esta tierra.













