“Balaguer, los helados y la memoria diplomática”

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Robert Veras y Juan José Encarnación momento ante de iniciar la tertulia.

Por Roberto Veras

SANTO DOMINGO, RD.- En la más reciente reunión de la peña de periodistas, ese espacio libre donde la palabra corre sin miedo y la historia se mezcla con el presente, coincidimos Juan José, Fernando, Triffolio y este servidor.

Como es costumbre, abordamos temas que están en la palestra pública, pero también dimos espacio para las anécdotas que solo se cuentan entre colegas que han vivido las esquinas más oscuras, del periodismo dominicano.

Allí, entre tazas de café tibio  y galletitas de avena, se nos acercó el economista Ng Cortiña, figura siempre cordial, con su tono moderado y sonrisa de quien aún cree que este país puede arreglarse. Nos saludó con esa cortesía que a veces se extraña en el debate político actual.

Pero la tarde se tornó aún más interesante cuando aparecieron dos embajadores de los tiempos de Balaguer, esos hombres que cargan no solo la diplomacia en la voz, sino también las verdades entrelíneas de una época marcada por silencios y símbolos.

Triffolio, con esa picardía periodística que nunca pierde, les soltó una pregunta que parecía una broma, pero que tenía su dosis de curiosidad histórica:

¿Es cierto que Balaguer era adicto a los helados que venían de Estados Unidos?

Hubo un segundo de duda, una pausa que pesó más que un titular. Y entonces uno de los embajadores, con una media sonrisa y mirada de complicidad, respondió: No, no eran de Estados Unidos. Esos helados venían de Cuba… y quien los traía era Nelson de Jesús Torres.

Aquel detalle, pequeño pero revelador, abre una ventana a la historia. Porque detrás de esa simple preferencia de un hombre de poder por un postre caribeño, se esconde toda una madeja de relaciones personales, afinidades ocultas, e incluso contradicciones políticas. ¿Balaguer, que gobernó con mano firme en plena Guerra Fría, disfrutaba de helados traídos de la isla comunista? La imagen es, cuanto menos, paradójica.

Pero eso era Balaguer: un hombre lleno de silencios, de sombras y luces, capaz de escribir con lirismo mientras firmaba decretos implacables. Un gobernante que sabía que el poder también se ejerce en los gestos, en las comidas, en lo que se permite contar y lo que se calla.

Y Nelson de Jesús Torres, ese personaje que aparece como el portador de los helados, quizás fue más que un simple proveedor; tal vez era parte de una red de confianza, de detalles que el poder no deja al azar.

La anécdota, aunque ligera en apariencia, nos recuerda que los grandes relatos de la nación también se escriben en lo cotidiano. Que a veces, la historia se disfraza de helado cubano en la nevera de un presidente dominicano. Y que los periodistas, aún en tiempos de redes y algoritmos, seguimos teniendo la tarea de preguntar, de escarbar, de narrar lo que parece mínimo pero que contiene una verdad más grande.

Porque en la República Dominicana, incluso los helados tienen historia. Y en nuestras peñas de periodistas, esas verdades siguen saliendo a la luz. Aunque vengan frías, como los helados.