Los orígenes de la división de la isla de Santo Domingo

0
226
Por Roberto Veras
 
SANTO DOMINGO, RD.- Las devastaciones de Osorio entre 1605 y 1606  marcaron un punto de inflexión en la historia de la isla de Santo Domingo. Con la orden de despoblar varias villas del norte y oeste, se dejaron vastos territorios abandonados que rápidamente se convirtieron en un escenario atractivo para extranjeros. La intención de la Corona española era evitar el contrabando, pero paradójicamente abrió la puerta a una ocupación extranjera inesperada.
 
Aprovechando esos espacios vacíos, aventureros franceses e ingleses comenzaron a frecuentar la parte occidental de la isla. Estos piratas y corsarios encontraron en el comercio ilegal y en la explotación de los recursos una oportunidad invaluable. La falta de vigilancia efectiva por parte de los españoles facilitó que poco a poco fueran estableciéndose con mayor firmeza.
 
Uno de los elementos que más atrajo a los europeos fue la gran cantidad de reses cimarronas que se multiplicaban sin control en las zonas despobladas. Estos animales se habían reproducido en libertad tras la salida de los españoles y ofrecían un recurso abundante. La piel de las reses era particularmente codiciada en el comercio internacional, lo que motivó aún más la permanencia de los extranjeros en la región.
 
El comercio de pieles se convirtió así en la primera fuente de riqueza para los asentamientos informales de franceses y otros aventureros. Este negocio no solo les permitía sobrevivir, sino también consolidar relaciones con comerciantes europeos interesados en mercancías baratas y fáciles de obtener. Así, se establecieron las bases económicas de lo que más tarde sería una colonia próspera.
 
Mientras tanto, la población española permanecía más concentrada en la parte oriental de la isla, donde se centraban las principales ciudades bajo control de la Corona. Esta situación fue creando de manera natural una división territorial y cultural entre dos comunidades diferentes: los españoles al este y los franceses en expansión al oeste.
 
Los asentamientos franceses comenzaron primero en islas cercanas, como la Tortuga, donde piratas y filibusteros crearon refugios seguros. Desde allí, se lanzaron a ocupar de manera más decidida el territorio occidental de La Española. Estos primeros núcleos de población serían el germen de una nueva identidad colonial distinta de la hispana.
 
Con el tiempo, los franceses establecieron estructuras más organizadas, pasando de simples campamentos de aventureros a colonias agrícolas y comerciales. Su consolidación fue inevitable, pues contaban con el respaldo indirecto de su metrópoli y con un comercio más dinámico que el estancado sistema español.
 
La falta de presencia española en esas regiones favoreció que los franceses impusieran su dominio de facto. Así, la parte occidental de la isla dejó de ser una tierra de nadie y pasó a constituirse en una colonia en formación. El vacío dejado por la despoblación se llenó con nuevos pobladores, que aportaron una visión distinta de explotación económica.
 
Estos procesos históricos sentaron las bases de la futura división política de la isla en dos colonias: la española al este y la francesa al oeste. La diferencia de intereses, prácticas económicas y formas de gobierno fue ahondando una separación que pronto sería reconocida internacionalmente.
 
Finalmente, de estos asentamientos franceses surgió lo que con el tiempo se convertiría en Haití, la primera nación independiente de América Latina y el Caribe. Lo que comenzó como un refugio de aventureros y contrabandistas en territorios abandonados, se transformó en el origen de un país con identidad propia, nacido en el mismo suelo que España había renunciado a controlar eficazmente.