POR ROBERTO VALENZUELA
No somos expertos en fenómenos paranormales, ni en los misterios del más allá, ni en ese insondable destino al que van los muertos. No sabemos si pueden comunicarse, si dejan señales… o si, en su silencio eterno, aún encuentran la forma de hacerse sentir. Pero lo ocurrido… ¡es imposible de ignorar!
Justo cuando se cumplía un año de la tragedia del Jet Set… ¡el cielo se desplomó en lágrimas! A la misma hora —¡un minuto más, un minuto menos!— comenzaron los truenos sobre el lugar del desastre, expandiéndose como un eco oscuro por todo el Gran Santo Domingo.
No fue una simple lluvia.
¡Fue un estallido del cielo!
Descargas eléctricas que silenciaron emisoras y canales de televisión; relámpagos que partían la noche; truenos que retumbaban como lamentos… ¡como gritos! La lluvia, intensa y furiosa, arrastró casas, vehículos… y vidas.
Todo ocurrió con una violencia tan repentina, tan descomunal, que incluso los organismos de socorro quedaron desprevenidos. Y cuando se cuestionó la falta de alerta, la respuesta fue tan inquietante como reveladora: era “muy difícil predecir un fenómeno tan extraño como ese”.
¡Extraño…!
¿O algo más?
Es como si los muertos… ¡las almas en pena!, aquellos que partieron en aquella tragedia, estuvieran intentando decirnos algo. Como si, desde algún rincón del purgatorio… ¡nos hablaran!
¿Y qué piden?
¡Justicia!
A un año, la fiscalía y los jueces parecen atrapados en un juego de amagos… sin decisiones. La justicia no llega. Se posterga. Se diluye. Y no hay dudas: temen, como el Diablo a la Cruz, a los propietarios del Jet Set.














