POR MIGUEL ESPAILLAT GRULLON
1 – El presidente Luis Abinader, al detener ipso facto la actividad minera del proyecto Romero en San Juan de la Maguana, se ha bautizado con el agua de San Juan y no con el oro corruptor de unos malvados.
2 – Para comprender, justificar y acotar como inaceptable dicha explotación, no es mucho lo que hay que hablar o escribir. El referente para esta patriótica y científica decisión lo tenemos con los resultados de la explotación del oro de Cotuí. Allí solo hay muerte, destrucción, ruinas y tribulaciones.
3 – No a la explotación del oro contenido en los suelos de la hermosa y productiva provincia San Juan de la Maguana. Un no rotundo a contaminar con cianuro tierras productivas de alimentos y de aguas sanas. No creemos en las argumentaciones con pretensiones científicas que quieren justificar ese ecocidio.
4 – Con la experiencia que se tiene de la explotación del oro en Pueblo Viejo, es suficiente para saber lo que le pasaría al valle de San Juan y a su gente, y por corolario al resto del país. Si se permite a esas transnacionales la explotación de ese metal con tentáculos diabólicos, llegarían a San Juan los cuatro jinetes del apocalipsis, tal como han llegado a Cotuí. No perdamos de vista que la sed de oro de esas transnacionales es alimentada por la codicia más perversa.
5 – En este caso, el agua es la vida de todo un pueblo y hasta del resto del país. En cambio, la explotación del oro es muerte, sed, pobreza, enfermedades, injusticias y aflicciones.
6 – No, y mil veces no a una explotación que terminará con la vida útil de la presa de Sabaneta, fuentes hídricas, bosques, suelos y fauna de esa y otras regiones del país. No a esa explotación, que solo llenará de oro los bolsillos de unos cuantos empresarios canadienses inescrupulosos y de un puñado de malos dominicanos. El agua de San Juan, como toda agua, es bendita; en cambio, el oro sacado de su lecho deviene en maldición, muerte y destrucción.














