POR DAGOBERTO TEJADA ORTIZ
En San Francisco de Macorís, hace muchos años, cuando no había manzanas sociales podridas, las niñas y los niños podían jugar tranquilamente y con seguridad frente a sus casas, los parques, las plazas más cercanas y los patios.
La niña Ramona Adalgisa Pantaleón Fernández, jugaba tranquilamente inventando con muñecas de trapo, a las cuales bautizaba, maquillaba, conversaba con ellas, les cambiaba los vestidos y las ponía a cantar.
Todo parecía normal, pero Adalgisa era muy discreta, no se quejaba, aunque a veces sin saberlo, le dolía todo el cuerpo. Descubrieron que padecía de “Fibromiálgica,”, una enfermedad incurable que produce un dolor muscular esquelético en todo el cuerpo al cual hay que aprender a convivir con él, amortiguando sus efectos con medicamentos y terapias.
Para algunas personas, esto era una desgracia, muchas se acobardan, se ponen tristes, groseras y hostiles.
Pero hay otras que aprenden a convivir con ella, conscientes de que el dolor purifica y sensibiliza. Por eso, a los 13 años Adalgisa ayudaba a las monjas a preparar todo lo necesario para jornadas de curación de enfermos de las cuales ella participaba. Su nivel de espiritualidad y de identidad de darse a los demás era tan grande que decidió entrar al convento para ser monja.
En su casa, esta decisión no cogió a nadie de sorpresa, por su entrega a las obras de caridad, solo que su madre dijo que no, porque soñaba que Adalgisa fuera una artista que trascendiera y que se convirtiera en un orgullo para la familia. Adalgisa obedeció con un lloriqueo permanente y poco a poco lo fue aceptando, como una prueba divina.
Su fe fue más profundamente desafiada, cuando recibió la noticia lacerante de que no podía tener hijos. No se desesperó, su fe en Dios era muy grande, entonces comenzó a rezar, a pedir que pudiera tener hijos, que pudiera ser madre, y se produjo el milagro.














