POR JHONNY TRINIDAD
El Partido Revolucionario Moderno enfrenta hoy una contradicción que ya no puede esconderse debajo de la alfombra de la unidad. Un partido que nació para enterrar el dedazo no puede gobernarse con el mismo método que enterró. La democracia interna no es un adorno estatutario. Es la base que sostiene toda la legitimidad de su discurso frente al país. Y esa base se llama convención.
EL CONTRATO CON LA BASE
El PRM prometió al país un partido distinto. Le prometió al militante que su voto valía, que las direcciones se ganarían en las urnas y no en una oficina con aire acondicionado. Cada dirigente municipal, cada presidente de zona, cada militante que cargó una bandera sabe que la convención es el único momento donde el poder regresa a la base. Postergarla es romper ese contrato. Es decirle al perremeísta de a pie que su rol terminó el día de las elecciones nacionales.
Un partido no puede exigirle sacrificio a su militancia en campaña y luego negarle participación en la toma de decisiones. Eso no es gerencia política. Es uso político.
SIN COMPETENCIA NO HAY RENOVACION
Cuando no hay convención, no hay renovación. Hay reparto. Las posiciones se distribuyen por cercanía, por lealtad o por cálculo, nunca por mérito ni por respaldo territorial. El resultado es una dirigencia desconectada, envejecida en sus métodos y sorda a la base que dice representar.
La convención obliga a caminar, a escuchar, a convencer. Obliga al dirigente a salir del despacho y volver al barrio. Sin ese proceso, el partido se llena de funcionarios que confunden el Estado con el PRM y el PRM con su patrimonio. La falta de competencia interna es la antesala del divorcio entre el partido y la sociedad.
LA UNIDAD NO SE DECRETA
El argumento más usado para evitar la convención es la «unidad». Pero la unidad real no se impone desde arriba. No nace del miedo al debate ni del pánico a contar votos. La unidad que sirve es la que sale de un proceso donde todos compiten, todos votan y todos aceptan el resultado.
Un partido que le teme a su propia democracia interna está confesando que no confía en su militancia. Y un liderazgo que no confía en su base no puede pedirle al país que confíe en él. La cohesión del PRM no está en evitar la convención. Está en hacerla, con padrón transparente, con reglas claras y con árbitros creíbles.
EL COSTO DE GOBERNAR COMO LO QUE SE CRITABA
El PRM llegó al poder con un mandato claro: cambiar la forma de hacer política. Transparencia, institucionalidad y fin del clientelismo fueron las banderas. Cada mes que pasa sin convención, esas banderas pierden color.
No se puede hablar de respeto a la Constitución mientras se ignoran los estatutos. No se puede exigir a la Junta Central Electoral que organice procesos pulcros si el partido es incapaz de organizar el suyo. No se puede denunciar el uso de recursos del Estado en política cuando la mayor ventaja en una convención pospuesta es, precisamente, el control del Estado.
La coherencia es el único activo político que no se compra con presupuesto. Y hoy la coherencia del PRM se mide en una fecha: la de su convención.














