Por JHONNY TRINIDAD
En República Dominicana hay algo que se hereda, se practica y se perfecciona en campaña: el “allante”. Ese discurso inflado, la promesa grandilocuente, la foto con la pala de oro, el letrero 3 metros más alto que la obra. El allante es parte del ADN político criollo. Y el problema no es que exista. El problema es que a veces tapa la obra.
El político dominicano aprendió hace décadas que aquí la gente no vota solo por lo que haces. Vota por lo que ve que haces. Por eso el allante funciona.
Inaugurar una escuela con banda, merengue y 4 funcionarios cortando cinta da más votos que abrirla en silencio y sin foto. Anunciar “la circunvalación más moderna del Caribe” genera más titulares que decir “vamos a asfaltar 3 kilómetros”.
El allante es marketing. Y como todo marketing, vende percepción. En un país donde la memoria es corta y el WhatsApp es rápido, el que grita más duro gana el ciclo de noticias de hoy.
DE BALAGUER A LA ERA TIKTOK
Antes el allante era el discurso de 3 horas en el parque, el blockbuster en VHS, la valla en la autopista. Hoy es el reel, el TikTok bailando dembow, el “live” desde la inauguración con filtro.
Cambió la plataforma, no la lógica. Sigue siendo show. Sigue siendo “mírenme que estoy trabajando”. La diferencia es que ahora el allante llega directo al celular, sin filtro de periódico. Y como en redes todo se mide en likes, el político compite por el allante más viral, no por el más útil.
COSTO DEL ALLANTE PERMANENTE














