POR RAMON JIMENEZ CANELA
No fue un gesto de solidaridad, sino de pura supervivencia estratégica. Mientras Estados Unidos apretaba el cerco sobre Venezuela con sanciones, bloqueos e incautaciones de buques, un triángulo de potencias —China, Rusia e Irán— se convirtió en el soporte que impidió el colapso total de la Revolución Bolivariana. Lo que Washington no calculó es que su propia presión terminaría por sellar una alianza de hierro, que hoy exige ser respetada bajo el paraguas del derecho internacional.
La ofensiva estadounidense no fue menor. En los últimos años, la administración de Donald Trump intensificó operaciones militares y un bloqueo naval que llegó a incautar buques petroleros con destino a Venezuela, con el objetivo claro de asfixiar al gobierno de Nicolás Maduro. Caracas, lejos de rendirse, profundizó sus lazos con actores dispuestos a desafiar el orden liderado por Washington, y encontró en esa red de acuerdos un verdadero escudo contra el asedio.
China se posicionó como el eje económico de esa resistencia. El gigante asiático absorbe actualmente cerca del 90 % de la producción anual de crudo venezolano, que ronda los 600.000 barriles diarios. Ese flujo constante ha mantenido a flote las menguadas finanzas del país, pero Pekín fue mucho más allá: otorgó préstamos millonarios que, según fuentes financieras internacionales, superan los 50.000 millones de dólares acumulados en la última década, un salvavidas en los momentos más críticos de la crisis. Su respaldo, sin embargo, se ha mantenido predominantemente en el terreno diplomático, defendiendo en foros como Naciones Unidas la soberanía venezolana y condenando cualquier injerencia externa.












