POR JHONNY TRINIDAD
Hay cargos que exigen humildad. El de cónsul general de la República Dominicana en Nueva York es uno de ellos. No es un trono. No es una corona heredada. Es una oficina de servicio en la capital del mundo, donde vive la diáspora más grande, más trabajadora y más sufrida que tiene nuestro país fuera de la isla.
Y sin embargo, desde hace años, muchos dominicanos en Nueva York tenemos la misma sensación incómoda: en el consulado no tenemos un servidor público, tenemos un rey. Un pequeño monarca del siglo XXI, rodeado de cortesanos, con agenda propia, con favores propios, con negocios propios, y con una comunidad a sus pies que debe hacer fila, aplaudir y pedir audiencia.
Y ya estamos cansados.
EL CONSULADO NO ES UNA FINCA
El Consulado Dominicano en Nueva York atiende a más de un millón de dominicanos. Gente que se levanta a las 5 de la mañana a trabajar en factorías, hospitales, escuelas, restaurantes, bodegas, taxis, construcción. Gente que envía remesas que sostienen la economía nacional. Gente que no pide privilegios, solo pide respeto y eficiencia.
Lo que no puede ser es que esa comunidad sea tratada como súbdita.
No queremos un rey que llega con séquito, que decide a quién recibe y a quién no, que convierte cada operativo, cada entrega de útiles, cada visita de un funcionario en un acto de campaña personal. No queremos un rey que usa el consulado como plataforma política para mantenerse vigente en Santo Domingo, mientras aquí los servicios siguen siendo lentos, caros y deshumanizados.
El consulado no es una extensión del partido. No es una agencia de empleos para los compañeros. No es una empresa familiar. Es una institución del Estado dominicano, pagada con el dinero de todos los dominicanos, incluyendo los que vivimos aquí.
Cuando un dominicano va al consulado a sacar un pasaporte, una carta de ruta, un poder notarial, no va a pedir un favor. Va a ejercer un derecho. Y no tiene que agradecerle al cónsul como si fuera una dádiva del monarca. Para eso está. Para servir.













