POR ORLANDO FRANCISCO INOA BISONÓ
SANTO DOMINGO, RD.- La Influenza o gripe española de 1918 se inició en marzo de 1918 en varios campamentos militares en los Estados Unidos tras el comienzo de la I Guerra Mundial y en poco tiempo arropó el planeta afectando a un tercio de su población. Mató varias veces más personas que esa misma guerra, unos 50 millones, siendo la epidemia más devastadora en la historia de la humanidad de la que se tenga noticias. Como España no estaba en guerra, la difusión que hizo de esta epidemia le acarreó el nombre.
En el verano de 1918 el brote apareció en Haití (procedente de Cuba) por lo que la frontera dominicana fue sometida a cuarentena terrestre con la intención de evitar que se propagara de una ciudad a otra, lo que no fue efectivo ya que a las pocas semanas las autoridades sanitarias tuvieron noticias de que la epidemia cruzó la frontera y había cobrado sus primeras víctimas en Monte Cristi, el Cibao y el sur. Con el humor criollo, que no se vence aún ante las situaciones más adversas, la epidemia de inmediato fue llamada “El garrotazo” (“El garrotazo”, Listín Diario, 30 de julio de 1918: 1 y Letras, núm. 81, 15 septiembre de 1918).
Las autoridades sanitarias del gobierno de intervención aspiraban a que el brote epidémico no alcanzara la ciudad capital por lo que dispusieron una cuarentena marítima. Los barcos que arribaban debían de permanecer una semana en la costa sin proceder al desembarco. Esta medida fue cumplida a cabalidad. En los primeros días de noviembre de 1918 el comerciante P. A. Ricart, quien había viajado a Cuba con su hija Margot para ser operada, regresó y el barco en que vino no quiso hacer la cuarentena por lo que siguió viaje hacia Puerto Rico sin desmontar pasajeros ni carga. Ante esta situación el señor Ricart alquiló una goleta que en la ría del Ozama lo transbordó, junto a su hija, y procedió, ahora como pasajero de la goleta, a cumplir con la cuarentena, requisito indispensable para poder entrar a la ciudad (“En cuarentena”, Listín Diario, 11 de noviembre de 1918: 1).
A principios de noviembre de 1918 sonó la alarma en Santo Domingo cuando el periódico Listín Diaria dio a conocer que uno de sus repartidores de periódicos, así como su hermana, fue llevado al hospital militar afectado por la epidemia (“Dos casos de influenza en la Ciudad”, Listín Diario, 9 de noviembre 1918). La epidemia llegó a la ciudad en un mal momento cuando su población se preparaba para celebrar el final de la Primera Guerra Mundial, que oficialmente cesó el 11 de noviembre de ese año. A partir del 12 de diciembre se sucedieron “con suntuosa grandeza” bailes, desfiles de carnaval, retretas, juegos populares, un baile blanco en el Club Unión y una llamada “Fiesta de la victoria y de la paz” que duró tres días. Este último festejo se inició con cine gratis en los parques Independencia y Colón, una parada escolar el 13 de diciembre que comprometió a cuatro mil de los seis mil estudiantes que había en la Capital; el 14 se celebraron juegos acuáticos, palo encebao, concursos de natación y regata en el río Ozama; y para finalizar el domingo 15 se efectuó un desfile de carnaval que incluyó 200 vehículos y la coronación de Carmen Figueroa como Carmita I. Según la crónica de prensa (“La gran parada del domingo”, Listín Diario, 17 de diciembre de 1918: 1) al desfile “asistió literalmente toda la ciudad”. A estos imprudentes festejos se les agregó que para recaudar fondos los mismos fueron precedidos de verbenas y bailes populares.
Para dar inicio a esas fiestas Juan Francisco Sánchez, gobernador civil de la capital, hizo publicar en el Listín Diario del 12 de diciembre una alocución que exhortaba a los capitaleños a que se sumaran a las fiestas donde “estarán permitidas todas las diversiones honestas con que acostumbramos celebrar las festividades nacionales”.
El día antes de celebrar el desfile de carnaval, cuando Santo Domingo contaba ya con algunos muertos de influenza, R. Hayden, Jefe Superior de Sanidad, reconoció oficialmente que la epidemia había llegado a la ciudad. El aviso lo dio a conocer en la portada del Listín Diario del sábado 14 de diciembre de 1916. Dos días después ese mismo periódico publicó el procedimiento que debían de seguir los afectados para manejar la enfermedad, lo que fue ampliado en la edición del día 18 con las regulaciones que debían de observar el resto de la población, que incluía la prohibición de reuniones públicas (excepto las religiosas, que una semana después fueron suspendidas: Listín Diario, 24 de diciembre de 1918: 1) y bailes, así como el cierre de teatros, casinos, clubes y centros de recreo; cierre de las escuelas públicas y privadas (extensivo luego a todo el país, véase: “Cierre general”, Listín Diario, 17 diciembre de 1918: 1); prohibición de velorios a los muertos de la epidemia por lo que los cadáveres debían de ser enterrados a la mayor brevedad posible y se recomendó a la población a usar mascarillas. Los empleados de sanidad, el comisario municipal y los agentes de policías estaban encargados de velar por el cumplimiento de esas disposiciones.
Atendiendo a la gravedad del caso monseñor Nouel puso a disposición la catedral Primada de Santo Domingo para convertirla “si el caso lo requiere y toma cuerpo la epidemia, en hospital, donde reciban cuidados médicos los atacados del terrible mal que nos azota” (“La piedad en acción”, Listín Diario, 16 de diciembre de 1918: 1). Al otro día el Ayuntamiento optó por convertir en hospital el Palacio Arzobispal para lo que se solicitó el concurso público y, el día 20, se hizo lo mismo con la iglesia de San Miguel (“De sanidad”, Listín Diario, 21 de diciembre de 1918: 1). Para atender a los enfermos de barrios periféricos se habilitaron dos escuelas como hospitales: la escuela número 3 de varones del barrio San Carlos y la número 5 del barrio Duarte. Véase: “De Sanidad”, Listín Diario, 24 de diciembre de 1918: 1).
El panorama sombrío de la ciudad Capital no significó mejoría en los pueblos del interior. El 26 de diciembre el periódico Listín Diario reportó que la situación en Puerto Plata era desesperante por lo que se procedió a despachar con carácter de urgencia al guarda costa Patria conduciendo medicinas y a un médico acompañado de tres practicantes del hospital militar. La situación de Santiago en esos momentos no era mejor. Para la primera semana de enero de 1919 la mitad de su población estaba afectada y lo que existía era un cuadro desolador: “De los 18,000 habitantes de la ciudad diez mil están en camas atacados por la influenza. Las defunciones diarias fluctúan entre cuarenta y cincuenta. Un carro conducido por un bombero lleva de dos en dos, los muertos al cementerio” (“La Influenza en el Cibao”, Listín Diario, 20 de enero de 1919: 1). En Azua la situación no difería de lo que ocurría en Santiago: Según reporte de prensa “la epidemia toma un carácter alarmante… La población y los campos muestran una tristeza completa. Rara es la casa en que no haya varios enfermos y, algunas familias completas lo están. A menudo se oyen gritos por los dolientes que mueren. […] El comercio paralizado, la mayoría de las casas cerradas y a miseria progresando. Muchos infelices, tan pronto mejoran, salen en busca de trabajo para sostener sus familias y recaen y mueren” (“La epidemia en Azua”, Listín Diario, 1 de febrero de 1930: 1). El síndico de Azua ordenó transformar el quitrín del ayuntamiento en carro fúnebre y prohibió tocar esquilas con las campanas de la iglesia “para evitar sufrimiento de los enfermos graves” (“Recrudecimiento de la epidemia en Azua”, Listín Diario, 5 febrero de 1919: 1).
En la segunda quincena de enero de 1919 la epidemia hacía estragos en el país por lo que, coincidiendo con el día de la Altagracia, un editorial del Listín Diario del 20 titulado “La Chiquitita de Higüey” clamaba por su protección.
A pesar de los esfuerzos realizados para contenerla la epidemia cobró la vida a unos 1.500 dominicanos, incluyendo al periodista y poeta Apolinar Perdomo quien el 27 de diciembre de 1918 murió en Santo Domingo en un hospital improvisado para enfermos de influenza. La muerte le alcanzó con 36 años, pues había nacido en Neyba el 7 de octubre de 1882.
La epidemia estuvo presente hasta la primavera del 1919, cuando tanto en el país, como a nivel mundial, empezó a ceder, desapareciendo en los próximos meses. [Este material forma parte del capítulo VIII “Pérdida de la soberanía”, del libro Historia Dominicana de Orlando Inoa cuya tercera edición [corregida y aumentada] aparecerá en este año 2020].













