POR ROBERTO VALENZUELA
Hemos sido tan belicosos, tan «guerreros» y «guerrilleros», que una vieja costumbre consistía en ver la guerra como un empleo normal: una forma de ganarse la vida y de ascender socialmente. Hacer la guerra era, en cierto modo, equivalente a ser barbero, zapatero, carpintero o labrador.
Era habitual que un hombre descalzo, armado de un filoso machete, desnudo de la cintura para arriba y montado en un caballo al pelo, acompañara a un caudillo —como Desiderio Arias— en una de tantas guerras civiles.
Junto a ese caudillo se pelea contra otro caudillo, o se participa en atentados contra cualquier presidente. Peleamos entre nosotros mismos; peleamos contra las potencias extranjeras que nos invaden.
Al regresar a sus comarcas, después de cada contienda, muchos volvían con un grado militar que les garantizaba una mejor posición económica.
Miren este caso. 26 de julio de 1899, el presidente Ulises Heureaux (Lilís) fue asesinado en Moca por un grupo de conspiradores entre los que figuraban los primos Ramón Cáceres y Horacio Vásquez.
Años después, la historia pareció repetirse. Ramón Cáceres, conocido como Mon Cáceres, llegó a la Presidencia y desarrolló una administración orientada a fortalecer el Estado y reducir el poder de los caudillos regionales. El 19 de noviembre de 1911 fue víctima de un atentado que le costó la vida.
Mataron a Mon. La tradición popular conserva una escena dramática de aquel episodio. Los atacantes continuaban disparando contra el presidente, ya mortalmente herido. Una mujer exclamó: «¡Están matando a un muerto, dejen de disparar!».
Primero mataron a Mon. Después mataron a quienes mataron a Mon. La represalia fue brutal. A don Emiliano Tejera le mostraron el cadáver destrozado de su hijo Luis Tejera, uno de los conspiradores. Entonces pronunció una frase que quedó para la historia: «¡Bien muerto, pero mal matao!».
Tal vez quiso decir que su hijo merecía pagar por haber participado en el asesinato de un mandatario, pero no de una forma tan salvaje. Su hijo fue apresado herido y rematado a machetazos.














