POR DAGOBERTO TEJEDA ORTIZ
Por encima de las especies y la seda, el oro era lo más importante para los colonizadores españoles al desembarcar en el “Nuevo Mundo”, creyendo inicialmente que habían llegado a Oriente.
Es por eso, que la economía se articuló en base a la extracción de oro en los ríos, arroyos y montañas. Cuando este metal precioso se extinguió, fue necesario redefinirla organización económica, surgiendo la producción de caña de azúcar como respuesta y como el eje dinámico de la nueva sociedad colonial.
En la llanura del Este de la isla, específicamente en Higüey, apareció una mina de estaño con plata, pero nunca fueron localizadas minas de oro como en el Cibao, razón por lo cual esta se mantuvo aislada y despoblada. Al desplomarse la industria azucarera, emergió el hato ganadero como nueva actividad económica y es entonces cuando la región Este adquiere una mayor importancia y trascendencia.
Los indígenas del cacicazgo de Higüey no se doblegaban, eran rebeldes y contestatarios. La corona y el gobierno de la isla, decidieron someterlos, a través de una vil campaña genocida, definida cínicamente por ellos como “campaña de pacificación”.
Para eso, el Gobernador de la isla, Nicolás de Ovando, ante las desobediencias y sublevación del inmenso cacique, “hijo del sol”, Cotubanamá, envió en misión militar a Juan Ponce de León y luego a Juan de Esquivel, para someterlo al orden español.
¡Ambos cumplieron su fatal misión genocida!
La provincia de Higüey gozaba del privilegio de contar con dos salidas marítimas estratégicas, una para el Caribe y otra para el Atlántico. Pero además de lo anterior, poseía el embarcadero natural de San Rafael del Yuma para el intercambio con el exterior, sobre todo con Puerto Rico.














