POR JHONNY TRINIDAD
Hay diásporas que sostienen países enteros con remesas, pero no logran sostener su propio barrio. Esa es la paradoja de los dominicanos en Nueva York: somos la comunidad extranjera más grande de la ciudad, la que más pequeños negocios abre en el Alto Manhattan y El Bronx, la que llena consulados y teatros. Pero a la hora de reclamar, de organizarnos, de poner agenda, muchas veces parecemos huérfanos de líderes.
No hablo de figuras para la foto del Desfile Dominicano. Hablo del liderazgo de calle, el que toca la puerta del concejal cuando suben la renta, el que se sienta con el precinto 34 cuando hay una ola de atracos en Dyckman, el que convoca a los padres porque la escuela 115 se está cayendo. Ese liderazgo hoy escasea.
Nuestros barrios despertaron políticamente en los 80 y 90. De ahí salieron concejales, asambleístas, senadores estatales. Se peleó por oficinas, por contratos, por representación. Ganamos espacios. Pero con los años, muchos de esos espacios se volvieron fines en sí mismos. El líder se mudó del apartamento de Inwood a un suburbio, el distrito lo heredó un sobrino, y la conexión con la bodega, la peluquería y la base se enfrió.
Hoy el resultado es visible: se incendia un edificio en Dyckman y las familias corren solas al Consulado. Cierra una escuela bilingüe en Washington Heights y no hay un comité de padres dominicanos plantado en el Departamento de Educación. Suben los casos de desalojos en El Bronx y la respuesta es un flyer, no una estrategia.














