La patria viaja en maleta: ser dominicano fuera de la isla

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AUTOR: Jhonny Trinidad - Periodista

POR JHONNY TRINIDAD

Hay una República Dominicana que no cabe en el mapa. Tiene calles en Washington Heights, colmados en San Juan, peluquerías en Madrid y banderas en los balcones de Santiago de Chile. Es la Dominicana que no duerme porque trabaja doble turno, que manda remesas los días 15 y 30 sin falta, y que pone a Juan Luis Guerra a todo volumen cuando un hijo nace lejos de Quisqueya. Somos más de 2.8 millones viviendo fuera. Y aunque nos fuimos, nunca nos fuimos.

LA EMPRESA MAS GRANDE DE RD ESTA AFUERA

En 2025 los dominicanos en el exterior enviamos más de US$10,700 millones en remesas. Eso es más que todo lo que ingresa por turismo y más que todas las zonas francas juntas. No son donaciones. Es salario. Es dinero que se ganó con frío en Nueva Jersey, con calor en Panamá, con miedo en la frontera. Ese dinero paga la universidad del sobrino, la receta de la abuela, el block para terminar la segunda planta y la nómina del colmado de la esquina. Sin la diáspora, la economía dominicana simplemente no cierra el mes. Pero reducirnos a remesas es vernos incompletos.

También exportamos talento. Somos los médicos que sostienen hospitales en el Bronx, los ingenieros que firman planos en Barcelona, los peloteros que llenan estadios en Japón, las congresistas que legislan en Rhode Island y los chef que pusieron el mangú en la guía Michelin. Cada vez que un dominicano abre un negocio en Lawrence o gana una beca en París, el nombre del país pesa un poco más en el mundo.

IRSE ES UN ACTO DE AMOR QUE DUELE 

Nadie se va por turismo. Se va porque el sueldo no dio, porque la enfermedad tocó la puerta, porque la visa de paseo se volvió esperanza. Irse cuesta. Cuesta inviernos sin familia, cumpleaños por videollamada, y entierros a los que no se llega a tiempo. Cuesta, a veces, la vida.

Esta semana conocimos el caso de Andrés Miguel Paulino de Jesús, desaparecido en 2008 cruzando a Estados Unidos. Sus huesos aparecieron 18 años después en la frontera. Él es el rostro de los cientos que no lo lograron. Por eso indigna cuando desde aquí se nos mide solo por lo que mandamos y no por lo que arriesgamos

«DOMINICANYORK» NO ES UN INSULTO, ES UNA CREDENCIAL 

Nos han dicho “los que se fueron”, “los que se creen de allá”, “los que vienen en diciembre a aparentar”. Ese discurso es viejo y es injusto.

El “dominicanyork” inventó una forma de sobrevivir: mezcló el inglés con el cibaeño, aprendió a llenar taxes y a mandar comida en tanques, fundó asociaciones para becar estudiantes y para repatriar cuerpos. Esa identidad doble no nos quita dominicanidad; la expande.

La patria no es un pedazo de tierra. Es una forma de estar en el mundo. Y nosotros la cargamos.

NO PEDIMOS PRIVILEGIOS

No queremos trato VIP. Queremos lo básico: consulados que respondan el teléfono, pasaportes que no tarden tres meses, un registro electoral que no excluya al que trabaja de lunes a lunes.

Queremos invertir sin que nos pidan “un socio de aquí” para todo. Queremos que el Estado nos busque cuando desaparecemos en el desierto con la misma urgencia que si desapareciéramos en la 27 de Febrero.

Queremos que la Ley de Retorno no sea un folleto, sino una puerta real para el que desea volver a producir a su país. Y queremos que se entienda que votar desde fuera no es un favor que se nos hace. Es un derecho. Porque quien sostiene la casa tiene derecho a opinar sobre cómo se pinta.

LOS QUE SE FUERON Y LOS QUE SE QUEDARON 

República Dominicana no se divide entre los se fueron y los que se quedaron. Se divide entre los que resuelven y los que no. Y en eso estamos juntos. El taxista de Santo Domingo y el chofer de Uber en Paterson comparten la misma jornada de 12 horas. La madre que cría sola en San Francisco de Macorís y la que cría sola en El Bronx comparten la misma angustia el día 29, cuando no ha llegado la quincena. Nos necesitamos. Sin los de afuera, faltan dólares. Sin los de adentro, falta el motivo para enviarlos.

VOLVER AUNQUE SEA SIN VOLVER

Muchos no regresaremos a vivir. Nuestros hijos ya hablan inglés o italiano, nuestros trabajos están allá. Pero volvemos cada diciembre, volvemos cada vez que transferimos, volvemos cuando compramos un solar en el pueblo “por si acaso”. Volver también es invertir en un proyecto, mentorear a un joven por Zoom, donar una ambulancia, exigir mejor gobierno. La diáspora no es visita. Es parte de la casa.

Por eso, la próxima vez que se hable de política pública, que se incluya al dominicano de fuera sin apodos y sin sospecha. La pregunta no es qué más puede dar la diáspora. La pregunta es qué más puede hacer el país para que esos 2.8 millones de socios sigan apostando a él. Porque la dominicanidad no se queda en el aeropuerto. Se va con uno. Viaja en maleta, cabe en un tanque, se cuela en una llamada de WhatsApp a las 6 de la mañana. Y mientras haya un dominicano afuera pensando en los de adentro, la República Dominicana seguirá siendo una sola. Más grande que la isla. Más fuerte que la distancia.

La patria, al final, es la gente. Y su gente está en todas partes.