POR JHONNY TRINIDAD
El periodismo no se murió de un tiro. Se fue vendiendo por partes, en cómodas cuotas mensuales.
Hoy, el camaleón con pluma es una especie dominante en las salas de redacción. Cambia de color según quién pague la pauta, quién llame del ministerio, quién amenace con una querella. A la mañana es “independiente”, a la tarde es “analista contratado” y en la noche es “comunicador estratégico” de la misma empresa que debía investigar.
No son todos. Pero son suficientes para que el público ya no distinga entre una nota y un anuncio, entre una investigación y un favor pagado.
LA TARIFA Y LA LINEA EDITORIAL
Antes, al periodista lo compraban con un sobre marrón. Era burdo, pero al menos clandestino. Ahora se compra con un contrato de “asesoría”, una “colocación publicitaria”, un programa en la emisora del funcionario o la promesa de una botella en diciembre.
La lógica es simple: un medio quiebra si no vende publicidad. El Estado y los grandes grupos económicos son los mayores anunciantes. Si muerdes la mano que te da de comer, te cierran la llave. Resultado: redacciones enteras que saben exactamente de qué temas no se habla, a qué político no se toca y a qué empresario se le hace una “entrevista” de tres páginas sin preguntas incómodas.
El camaleón aprendió que la autocensura paga mejor que el Pulitzer. Y que el silencio cotiza en bolsa.














