POR JUAN CRUZ TRIFFOLIO
El cielo no llueve, se encapota.
Baja como manto de duelo sin lágrimas, denso y gris, y el calor se queda sin brisa.
El ambiente hierve sin estallar.
La lluvia, cuando se atreve a caer, olvida su oficio: ya no refresca, sólo moja.
Las hojas de los árboles permanecen estáticas, como si contuvieran la respiración.
La brisa tierna parece un recuerdo, un rumor que los abuelos cuentan y los niños ya no creen.
Esto no es parte del clima, es sólo una expresión del juicio.
Qué sabia eres, madre naturaleza.
Progenitora prodigiosa que no enseña con gritos, sino con ciclos.
Sufres los embates despiadados de tus hijos ingratos sin devolver los golpes.
Y aun así, cobras.














