POR FRANK HERNANDEZ
Durante años, decenas de policías pensionados han salido a las calles para reclamar lo que consideran un derecho legítimo: una pensión digna, mejores condiciones de vida y el reconocimiento a décadas de servicio en favor de la seguridad ciudadana.
Sin embargo, lo más doloroso de estas jornadas de protesta no ha sido únicamente la falta de respuestas oficiales, sino el hecho de que, en ocasiones, quienes intentan dispersarlos son policías activos.
Debemos de entender que el cuerpo del orden obedecen órdenes, disciplina, cuidar hasta de su propios intereses, pero no es la manera, la policía es una organización comprometida con la ciudadanía.
La imagen resulta difícil de ignorar: hombres y mujeres que dedicaron su juventud a proteger a la sociedad terminan siendo empujados, contenidos o enfrentados por agentes que hoy ocupan el lugar que ellos ocuparon durante décadas.
Es una escena que refleja una profunda contradicción institucional y humana.
Lo grave del asunto es que luego esos mismos policías activos, mañana van a reclamar sus derechos.
Desde una perspectiva humana, el conflicto no debería verse como un enfrentamiento entre policías pensionados y policías activos. Ambos pertenecen a la misma familia institucional.














