Por Dagoberto Tejeda Ortiz
Hace algunas semanas que escribimos un artículo sobre Las Brujas en el Folklore Dominicano y nos hemos encontrado con personas que nos reprochan que fuimos capaces de escribir que “las brujas vuelan preferiblemente después de las doce de la noche en una escoba o convertidas en diferentes tipos de aves, teniendo el poder de hacerse invisibles cada vez que sea necesario para poder tápale la boca a cualquier arma de fuego de quien quisiera hacerle daño”.
Entendían que eso era oscurantismo, que ya nadie cree en eso y que, con tantos problemas
graves y urgentes de la sociedad dominicana, yo me ocupaba de cosas que son del pasado, que ya no tienen sentido, que nadie cree en eso y que mejor me ocupe de otros temas más
trascendentes.
Una “familia culta, de personas educadas”, con apellidos sagrados, con títulos universitarios, me reprochaba que esas eran creencencias de épocas ya superadas, que hoy solo tienen vigencia en “gentes ignorantes” y que, en los países “civilizados y desarrollados”, eso es un recuerdo y/o una nostalgia de algo que fue y que ya no es.
Un pastor protestante se espantó y grito: ¡Eso es cosa del diablo! ¡Repréndelo Señor! Y un
sacerdote católico fanatizado, que todavía cree que vive en la Edad Media, exclamó: ¡Dios mío, esto se acabó! ¡El fin del mundo está cerca! ¿Cómo es posible que un profesor de la
universidad, sociólogo, se deje engañar del diablo y escribe estas barbaridades paganas!

¿Qué dirán sus estudiantes!
Yo creo que una de las tareas fundamentales de los científicos sociales hoy, es la descripción y el análisis de las sociedades humanas, compuestas por los seres humanos que la integran, donde todos tienen una visión del mundo, una manera de ser y de pensar, una relación con lo natural y lo sobrenatural, poseedor de juicios y prejuicios, en una acumulación cultural de creencias, leyendas, historias y tradiciones, en una sociedad que no es estática sino en una transformación permanente, dividida en etapas, ciclos, que atrapados en un momento histórico se definen como su identidad, la cual no siempre es la misma, pero que objetivamente el científico social debe definir su perfil y sus características fundamentales.
Ocurre que el tema de las brujas no es factura original dominicana, incluso es muy antiguo en la historia de las sociedades europeas o la norteamericana, que hoy son consideradadas como “cultas, modernas y civilizadas”.
En el siglo segundo de nuestra Era, Apuleyo, dramaturgo y filosofo neoplatónico, en su obra “El Asno de Oro”, describe como Panfilia, uno de sus personajes, “tras desvestirse, se unta el cuerpo con un ungüento. Después, recita un largo sortilegio y sale volando por la ventana”.
Jean de Meung, en su novela de la rosa, escribe: “Las lamilae o Mascase eran seres que volaban por los aires encubiertas por las noches, llegando incluso testigos a describir estos personajes y a los brujos voladores de la Edad Media europea”.
Lo de las brujas es un prejuicio religioso cuando la brujería comenzó a ser estigmatizada por una iglesia católica que se afianzaba en ser la única y verdadera religión a pesar de haber convivido con todo esto durante años sin problemas. Pierre Broussard, incansable inquisidor expresó: “Cuando quieren trasladarse a la “Vauderie” untan un ungüento que les ha dado el demonio, además, un bastón y las manos, las cuales cabalgan con el bastón y vuelan por encima de la aldea”.
La expresión social de las brujas como símbolo del demonio fue un prejuicio religioso para
justificar una cacería inhumana en sociedades “civilizadas”, en Europa y en Estados Unidos, en la estimagnización de las brujas de Salen. En España, la que muchos neocolonizados alienados llaman con orgullo, sin importar la nariz achatada, el pelo de alambritos, las nalgas y senos abultados, “la madre patria”, aunque nunca hablen del padre por racismo.
En una época de concentraciones, de santidad, como expresión excepcional de religiosos
definidos por la iglesia católica en la Edad Media como “santos”, era frecuente las rupturas de las leyes de la gravedad y sin que a nadie se le ocurriera pensar que tenían algo que ver con el diablo, eran considerados arrebatos místicos que permitían livitaciones sagradas en plenitud de éxtasis.
Entre el grupo de privilegiados de religiosos capaces de subir por el aire, se mencionan a San Juan de la Cruz, Santo Domingo, San Francisco de Asís y Santa Teresa de Jesús. Esta última era la más sobresaliente, ya que cuando invocaba al Señor, era “raptada” lo que ella misma llamaba por “arrobamiento “la cual se levantaba del suelo a una altura considerable sin que fuera acusada de la presencia de nada maligno.
En una oportunidad, delante del obispo, D. Álvaro de Mendoza, según Diego de Yepes, su biógrafo, “sin poderlo resistir, se levantó más alto que la
ventana por donde le daban la comunión”.
Además, era una época donde en un mundo idealizado, estaba lleno de ángeles, arcángeles duendes, nogmos, santos y diablos, razón por lo cual estos éxtasis, aunque sorprendían, eran naturales, lo que demostraba que el aire no era un privilegio de las brujas ni del demonio, por la diversidad de seres imaginarios que existían.
En Haití, de acuerdo con sus tradiciones, “las sectas rojas”, las de los espíritus zandor, declaraban que podían transformarse en animales y sobre todo volar por los aires”, de acuerdo con testimonio en el 1970 de Claude Planson, director del teatro de las Naciones Unidas.
Para comprender una sociedad tenemos que conocer y respetar su cotidianidad y su imaginario popular, sus creencias, sus leyendas y sus tradiciones. De tal manera, que hay un mundo de creyentes, con fabulas, relatos y con historias, resultado de un imaginario popular, demostrándose que esas tradiciones nos llegaron de los países hoy “cultos y civilizados” donde se evidencia que las brujas no son las únicas que vuelan”.













