Por Roberto Veras
SANTO DOMINGO, RD.- Cuando los españoles llegaron a estas tierras, no lo hicieron únicamente movidos por sueños de gloria o ambiciones imperiales. Muchos de los que acompañaron a Cristóbal Colón en su travesía no eran nobles aventureros ni científicos del Renacimiento.
Eran presos, delincuentes comunes, condenados que cambiaron sus grilletes por la promesa de libertad a cambio de embarcarse en la peligrosa empresa del Nuevo Mundo. No es un detalle menor. Es un dato que ayuda a comprender las primeras atrocidades cometidas en nombre del «descubrimiento».
España, sumida en pleno Renacimiento, aún cargaba los rigores del conservadurismo católico que imponía cánones de recato extremo. Las mujeres de Castilla y Aragón se cubrían desde el cuello hasta los tobillos, con vestidos largos que velaban hasta la sombra del cuerpo.
De pronto, esos hombres acostumbrados a la represión y al castigo del deseo llegaron a un mundo donde las mujeres taínas llevaban apenas una nagua, prenda que cubría lo esencial pero dejaba expuesta la silueta y la piel bronceada por el sol del trópico.
Aquellos hombres, mezcla de aventureros, soldados y convictos, vieron en las taínas no a mujeres, sino a objetos de deseo. El cuerpo de la mujer indígena fue convertido en botín de guerra, en premio de conquista.
La diferencia cultural, la falta de defensas organizadas de los taínos y la ingenuidad con que recibieron a los extraños se tradujeron en abusos atroces. Las crónicas lo han callado o maquillado durante siglos, pero la historia verdadera susurra desde las sombras que muchas taínas fueron violadas, obligadas, sometidas.
No fue una mezcla pacífica de razas ni una fusión amorosa de culturas, como a veces intentan hacernos creer los libros escolares. Fue una imposición brutal, un choque entre la espada y la flor, entre la codicia y la inocencia. Y como casi siempre ocurre, la historia la escribieron los vencedores, borrando o suavizando los actos más viles.
Hoy, al mirar hacia ese pasado, no podemos quedarnos con la imagen romántica de carabelas surcando mares ni de encuentros civilizatorios. También debemos recordar que la colonización tuvo un rostro cruel, y que detrás del mestizaje hay lágrimas, sangre y cuerpos de mujeres taínas que no pudieron decir que no.













