POR JHONNY TRINIDAD
Cada julio, la Grand Concourse se viste de azul, rojo y blanco. Merengue a todo volumen, carrozas, reinas, políticos sonrientes y miles de banderas. El Desfile Dominicano de El Bronx es, sin duda, la celebración más visible de nuestra diáspora en Nueva York. Pero detrás de la alegría y el orgullo, crece una pregunta incómoda: ¿a quién beneficia realmente el desfile?
De celebración comunitaria a plataforma
El desfile nació para visibilizar a una comunidad trabajadora que llegó a El Bronx huyendo de la pobreza y la inestabilidad. Fue espacio de resistencia cultural y afirmación de identidad. Décadas después, ese espíritu sigue, pero compite con otra realidad: el desfile también es negocio y vitrina.
Los costos de una carroza pueden superar los US$10,000. Los patrocinios se pelean entre marcas de cerveza, servicios de envío de remesas, clínicas y políticos en campaña. Aparecer en la tarima principal garantiza fotos, redes y acceso. Para muchos líderes, el desfile es el momento de “dejarse ver”. Para algunas empresas, es la mejor feria comercial del año con un público cautivo de 500,000 dominicanos.
¿Y la comunidad?
Nadie niega el valor simbólico. Ver a niños nacidos en Fordham Road ondear la bandera que sus abuelos defendieron en 1965 emociona. El problema es cuando el figureo desplaza al fondo. ¿Cuántas becas estudiantiles financia el desfile? ¿Qué informe público existe de los ingresos y gastos? ¿Cuántos negocios dominicanos pequeños, no los grandes patrocinadores, se benefician realmente de la logística?
La organización del desfile ha tenido años de disputas internas, acusaciones de falta de transparencia y pugnas por el control. Mientras, las necesidades de la base siguen: jóvenes sin programas extracurriculares, bodegueros golpeados por la renta, envejecientes sin acceso a servicios en español.














